Llevo en la sangre el ardiente infierno de este amor encendido,
en donde la llama del sentimiento enfurece
por esta incontrolable impaciencia de amarte hasta la muerte,
¡Oh, Dulcinea mía, joya de mis anhelos!
en los inciensos de mis suspiros también van mis te amo
y en los prados de mis ansias te buscan los besos míos,
porque yo sé, que en ellos tu boca descansa
mientras despierta la pasión que en llamas corre por mi venas…
Corre en mi mente la idea sagrada de instante en que fuiste mi hostia
cuando tu ser inundé y fui tu agua bendita
el centro divino en donde guardaste tus impacientes ansias,
¡Ah, aquellas ansias que fueron mi cáliz!
en la perfecta misa de aquellas palabras de profecía cumplida
cuando los templos de nuestros cuerpos se consagraron en mitra,
y entonces la luz resplandeció en el momento en que tu alma y la mía
se guardaron juntitas en el viril de nuestra eucaristía.
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