se sumerge mi alma,
en donde los tejidos del sentimiento
se van oscureciendo y como una vela apagando.
Todo en esa niebla se va menguando
sobre las coyunturas de un látigo de penas
que desangra sin piedad
las partes más sensibles de mi alma…
Impiadosamente las nubes grises
de ese resurgimiento inesperado me queman,
y es imposible evitar las consecuencias
de una mala escogencia que engañaba mis caudales.
Ya nada para mí nada es claro, todo es obscuro
en la tenebrosa realidad en que vivo
que pellizca mi espíritu con los dientes
de la intolerable desdicha que me apresa.
Se va entre las fugas de la noche
el reproche que no quiero
hacerle a la que se olvidaba del verso,
aquel que con las tintas del pecho y la pluma del alma
yo le dedicaba con el gozo infinito.
Todo está congelado en los instantes de hielo
que aparecen de la nada como si fueran fantasmas
en los que la tristeza y el llanto son solo lamentos,
que nos roban la calma.
En el rincón del silencio descansaré sin pausas
a la espera del canto de la alondra que me abrace,
para que yo en sus lugares deposite lo poco que me queda
de aquel amor a manantiales.
Vuelan ya los consuelos de mi esperanza fulminada,
hacia las sendas del olvido donde muero
extendido en una tumba en donde el seol
de mi cerebro ya no volverá a plasmar la poesía.

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