al amor de mis días,
a la aurora que engalana mi pensamiento cuando el sol
empieza a despertar y pienso en la amada mía.
Bendigo el semen que fue la semilla
que provocará el existir de mi adorada,
de la reina de mis estrofas delicadas y tiernas
que con su rostro de niña la veo siempre enamorada.
Alabo a Jesucristo,
que con su poder infinito
le dió vida a la semilla que el vientre cosechó,
¡y nació la flor! esa dulzura
que con el tiempo en
mi jardín
creciera su pétalo de amor y ternura.

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